El ruido: bueno y malo para las aves

El efecto nocivo del ruido en algunas aves no constituye una novedad para los ornitólogos. En general, los pájaros no suelen soportar la bulla. Pero se ignoraba el impacto de la contaminación acústica en toda una comunidad aviar. El primer estudio de ese tipo ha arrojado un dato inesperado: algunas especies prosperan gracias a la barahúnda. Los datos obtenidos, además de explicar porqué ciertas aves logran colonizar las ciudades, permitirán mitigar el impacto acústico en la biodiversidad.

El colibrí de barbilla negra.

El ser humano, primate bullanguero, ha desquiciado con su estrepitoso frenesí el trasfondo sonoro del medio natural. Los pájaros, criaturas muy dependientes de las comunicaciones acústicas, se muestran especialmente vulnerables a tales interferencias. Los ruidos, al dificultar la detección de las señales de alarma ante la aproximación de depredadores, las exponen al peligro y elevan su nivel de estrés. El resultado: una brutal disminución de la densidad ornitológica en las zonas invadidas por el barullo.

El estudio mencionado se llevó a cabo en un área boscosa de Nuevo México y Colorado (Estados Unidos), sembrada de pozos de gas natural. Allí, al estrépito producido por esas instalaciones se añade el generado por los compresores que introducen el gas en los gasoductos. Los investigadores compararon las poblaciones de aves en los bosques aledaños a dichas infraestructuras con las de las forestas próximas a pozos sin compresores añadidos. Para ello distribuyeron cámaras en las zonas de anidamiento y colocaron nidos falsos con la intención de verificar la presencia de depredadores. En paralelo, realizaron mediciones periódicas de los niveles sonoros de ambos lugares.

Al cabo de tres años de observaciones, concluyeron que en los puntos más bulliciosos la mayoría de las especies desistía de anidar y emigraba (debido a su incapacidad para detectar a sus enemigos); pero otras, contra todas las expectativas, prosperaban. Tal el caso del carpodaco doméstico y del colibrí de barbilla negra, que se han aficionado a anidar en las áreas más ruidosas. La explicación es sencilla: de esa manera protegen a sus nidos de su principal depredador, la urraca azuleja, muy poco amiga del alboroto (Clinton Francis).

Esa capacidad adaptativa explicaría el éxito de ciertas especies en lacolonizaciçon del medio urbano. También explicaría la desaparición de aquellas menos tolerantes del jaleo. Es importante valorar de antemano si, en función de su nivel acústico, un espacio protegido garantizará la reproducción de las especies sensibles al ruido.

Los investigadores pretenden mitigar el impacto de la «huella acústica» humana en los hábitats de las aves. Barajan, por ejemplo, la erección de grandes muros, tal como ya se hace en las áreas residenciales lindantes con autovías. La combinación de asfaltos y neumáticos especiales puede contribuir asimismo a aminorar el bullicio del tráfico, añaden los especialistas.

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